Nuestros miedos son, sin ninguna duda, la clave de los sufrimientos emocionales, ya que son ellos los que condicionan más fuertemente los reflejos de defensa: la huida, la inhibición, la agresividad y, de forma menos frecuente, la toma de poder.
Además, para que haya miedo, es necesario admitir que se ha vivido una primera experiencia desagradable. Es esta primera experiencia la que hay que encontrar para regular los comportamientos que ella ha inducido. Sin conocer con certeza el mecanismo biológico, los resultados obtenidos sobre un gran número de personas muestran que, cuando se revive una situación que originó una reacción de miedo, este último se desactiva.
Es necesario que este revivir no sea una proyección intelectual sino una realidad emocional, sensorial. Dicho de otra forma, es necesario buscar el origen del miedo a través del resentir físico y no con el intelecto. Y ahí , precisamente, está toda la dificultad, porque nosotros estamos acostumbrados a reflexionar más que a resentir.
No obstante, todos podemos, a través de nuestros sentidos, remontar hasta los primeros registros de nuestros miedos que, en la mayor parte de los casos, se revelan como más determinantes.
Simplemente, es posible reconectarse con múltiples eventos sobrevenidos durante el nacimiento e incluso dentro del vientre materno.
Numerosas prácticas terapéuticas han dejado constancia de esta via, más o menos parcialmente. De hecho, el éxito de Tipi viene del conjunto de 4 principios determinantes:

El miedo
El miedo se define como una emoción resentida en presencia de o ante la perspectiva de un peligro. En esta etapa primaria, el miedo se presenta bajo 2 tipos de manifestación: el miedo pasivo caracterizado por fenómenos de inhibición y parálisis, y el miedo activo marcado por el pánico verbal o motor.
Las reacciones ligadas a un peligro posible son de influencia y aspectos muy diversos: aprehensión, estrés, miedo, preocupación, ansiedad, angustia. Todas ellas pertenecen a una sensación de impotencia ante los peligros de un mundo percibido como amenazador. El término “peligro” debe entenderse aquí en el sentido más fuerte del término, es decir, como una confrontación con la muerte. Esta confrontación puede ser directa (muerte física) o indirecta (pérdidas físicas o relacionales que pueden disminuir las posibilidades de supervivencia).
En el enfoque del Tipi, esta confrontación con la muerte es determinante. A través de la manifestación del miedo, se trata de buscar el peligro que la ha generado. Esta búsqueda nos conduce, en la mayor parte de los casos, al período prenatal o al nacimiento y siempre es una confrontación directa con la propia muerte, que es identificada como responsable del sufrimiento. Bien sea que trate de una falta de oxígeno, de un aporte nutricional insuficiente, de una intoxicación, de una disfunción interna o de tipo exterior que provoque estrés o sensaciones físicas difícilmente soportables, ocurre en la etapa de supervivencia más elemental en la que se generan los miedos que dan lugar a los sufrimientos emocionales más tenaces.
Por supuesto, los terapeutas suelen atribuir el “peligro” inicial responsable del miedo a un evento traumático concreto, pero esta búsqueda está teñida de una connotación psicológica, lo que implica un punto de vista sobre el hecho esencialmente relacional. Por ejemplo, si un feto ha cohabitado con un gemelo que no ha sobrevivido, el trauma, si es identificado, será analizado en sus implicaciones relacionales (sentimientos de estrés, de soledad o abandono, incapacidad de vivir relaciones duraderas o por el contrario, a asumir las rupturas, etc). El mismo evento abordado desde el angulo de las manifestaciones del miedo puede conducir, por ejemplo, a revivir una pérdida de conocimiento provocado por un fenómeno de aspiración particularmente marcado que acompaña a la evacuación del gemelo. Al abordar las sensaciones repulsivas generadas por la situación, es el riesgo físico incurrido por la persona el que es puesto de relieve, en tanto que analizando psicológicamente su reacción al evento, es la relación afectiva de la persona con su entorno el que se desarrolla. Desde el punto de vista físico, la desaparición del gemelo aparece como un evento violento que pone en juego la supervivencia del feto que queda. Desde el punto de vista psicológico, esta desaparición se considera, sobretodo, como una falta afectiva difícil de superar. De hecho, parece evidente que es el resentir físico experimentado hacia un evento particularmente desagradable el que induce las repercusiones psicológicas indeseables. Posteriormente, como la introspección se detiene en este impacto psicológico, no va hasta el corazón del sufrimiento físico que permanece activo en la memoria sensorial. Obviamente, estamos más cómodos con un enfoque psicológico, pero si hablamos de curación, la sensación física lleva a resultados mucho más ventajosas.

El resentir físico
Buscar el origen de un sufrimiento por medio de las manifestaciones de miedo permite apoyarse en sensaciones físicas muy concretas, fácilmente identificables.
Una persona que se siente incómoda en presencia de fuego, puede describir sin ninguna dificultad, lo que ella está sintiendo en su cuerpo en este instante. Por ejemplo, se sorprenderá al “escuchar” su cuerpo, de resentir un dolor vivo en la espalda y el brazo, como si alguien la desequilibrara tirándola violentamente hacia atrás. Este resentir puede llevar a la persona a identificar una situación en la que el fuego no es en absoluto responsable de su miedo: cuando era un bebé, un adulto ha tirado de ella con fuerza para evitar que se quemara y, por ello, que ella no se quiera aproximar al fuego no es por no quemarse sino sino por no ser violentamente agredida y desequilibrada. Con toda seguridad, otra persona describirá sensaciones totalmente distintas surgidas de otra situación personal.
Por otra parte, el ejemplo del fuego ilustra como se guarda el miedo en nuestro cuerpo durante un evento desagradable: el resentir físico sufrido en el momento de la confrontación se memoriza tal cual ocurre, listo para resurgir. Posteriormente, se manifestara de forma idéntica en todas las situaciones percibidas, a menudo de forma inconsciente, como similares. Es este rastro sensorial el que ofrece la oportunidad de remontarse con fiabilidad y precisión al evento original. Por ello, se trata, simplemente, de dejarse llevar por esta memoria sensorial: todo el mundo sabe “recordar” con el cuerpo, naturalmente. En Mali, por ejemplo, las personas que se prestaron a este experimento, entraron inmediatamente “en sensación” : sin ningún reparo, ellas se dejaron guiar por sus miedos en su cuerpo. Desgraciadamente, en Occidente, la mayor parte de las personas confrontadas a sus miedos usan su intelecto en lugar de “escuchar” a su cuerpo. Es necesario ayudarles a poner su modo analítico en suspenso para dejar así que se impongan sus sensaciones. Ya se han propuesto varias formas de hacer esta escucha. Tipi, la técnica adoptada aquí, tiene la ventaja de ser muy simple y rápida de funcionamiento (se instala conversando de forma normal) y no induce ningún estado de dependencia (las personas se mantienen completamente despiertas y mantienen íntegramente su libre albedrío)
Esta “reconexión física” con el evento original es determinante : aparece en todos los casos estudiados como la condición indispensable para que el miedo se desactive. La aproximación intelectual no aporta ninguna modificación. Si una persona siente un nudo en la garganta, si le falta el aire y se siente como retenida cada vez que ella debe franquear lo que considera como un obstáculo, al punto de que da un largo rodeo en su vida para evitarlo, no es porque ella se dé cuenta que nació con el cordón umbilical alrededor de su cuello que frenaba su salida lo que le librará de este asunto. En cambio, incluso si ella no es capaz de identificar intelectualmente el evento origen de sus dificultades, el sólo hecho de revivir las sensaciones experimentadas durante ese momento crítico es suficiente para desactivar su miedo. Dicho de otra forma, comprender sin revivir las sensaciones no sana el sufrimiento, mientras que revivir las sensaciones sin forzar su comprensión, si permite la curación. Es preciso mantener presente en la mente esta verdad. Incluso si la tentación es grande, a la vista de numerosos casos, de hacer una lista de perfiles psicológicos o de comportamientos estándares en función de eventos sufridos por las personas, este ejercicio intelectual no aporta nada en términos de curación. Esta aproximación es, incluso, peligrosa: cada caso es único y obviar las sensaciones particulares que se presentan en detrimento de una explicación estereotipada conduce, a menudo, a interpretaciones erróneas.

La pasividad
En una aproximación sensorial, la principal dificultad a superar es aceptar la pasividad. No hay que hacer nada, no querer nada, no comprender nada, no interpretar nada, no esperar nada, sólo el resentir físico y dejarse llevar por ese resentir. Se trata solamente de ser espectador y dejarse llevar por el flujo de las sensaciones, sin un objetivo particular y sin una predisposición (un a priori) sobre las imágenes, sonidos, texturas, olores y sabores que han dejado en nosotros huellas susceptibles de manifestarse.
Pasividad, igualmente, en aquel que, eventualmente, viene a ayudar. En efecto, con la aproximación que proponemos, la única ayuda que puede aportar el que acompaña es permitir a aquel que sufre, conectarse y mantenerse en contacto con sus sensaciones. Habitualmente, el terapeuta se hace cargo de las personas que tienen una dificultad. Él es el que sabe y se preocupa. El resultado se basa, principalmente, en sus conocimientos y en su habilidad personal para ponerlos en práctica. En Tipi ocurre a la inversa, se trata de dejar que cada uno encuentre su camino. Las condiciones indispensables para que el frágil hilo de las sensaciones pueda desplegarse adecuadamente es contentarse en ser testigo, con no querer nada, no saber nada. Durante una sesión, suele ser normal que después de una breve introducción no se dé ninguna instrucción más hasta el final. Para ser totalmente claro, la única aptitud necesaria para el que hace el acompañamiento es, si fuera necesario, saber desconectar el intelecto más resistente. No es necesario tener ninguna competencia médica. En este sentido, la utilización de esta técnica no se parece a una terapia sino más bien a una formación en la utilización de nuestra memoria sensorial. Pero, al contrario de lo que pudiera pensarse a primera vista, la simplicidad del enfoque no la hace fácil. En efecto, no es fácil renunciar a tener el papel principal, a aceptar nuestra ignorancia, a ser, simplemente, un observador discreto que permite a cada uno aventurarse en sí mismo hasta la regulación de su dificultad emocional.
La pasividad también está presente en esta regulación porque, de nuevo, se trata de dejar hacer. Parece que el sólo hecho de reconectar sensorialmente, de forma consciente, con el origen del sufrimiento es suficiente para regularlo. No es necesario un tratamiento particular, ni un condicionamiento psicológico, ni un acto simbólico. Es suficiente evitar intelectualizar las sensaciones percibidas durante la sesión para no frenar la curación natural y espontánea.

La regulación
La regulación es total, completa y definitiva. No hay medias tintas: es todo o nada. El miedo desaparece cuando su fuente ha sido revisada sensorialmente. Y si el miedo desaparece, los comportamientos que él ha generado cesan igualmente.
En el estado actual de nuestro método, esta regulación sistemática tiene sus límites. De hecho, si este sufrimiento esta acompañado de enfermedades físicas o de comportamientos compulsivos (anorexia, tartamudeo, …) su desaparición se vuelve muy incierta. En algunos casos, tanto emocional como físicamente, el resultado es espectacular. Otras veces, sin ni siquiera saber porqué, no funciona en absoluto. Por eso, actualmente, solo tenemos en cuenta los sufrimientos emocionales sin complicaciones físicas: fobias, depresión crónica, inhibiciones, irritabilidad, ansiedad, pánico y obsesiones.